Mi madre y .singuelsclub

June 9th, 2008

 

Recuerdo que cuando tenía 20 años le presenté a mi madre a la que por entonces era mi novia, Susana, con la que llevaba saliendo más de un año. Ese mismo día, mi madre me preguntó, con la soltura que la caracteriza, si habíamos pensando en boda. Yo le contesté que no, que yo no pensaba casarme nunca. La expresión de mi madre se agrió al tiempo que podía escuchar cómo se rompía su corazón a cámara lenta. Un crujido triste. 

-¿Y Susana ya sabe que no te quieres casar con ella?

-Claro.

Mi madre no salía de su asombro:

-Entonces, ¿por qué sigue contigo?

Mi madre no podía (de hecho, no puede) entender por qué una mujer estaba con un hombre si no era para casarse con él.

El pasado domingo, cuando acudí puntualmente a la cita semanal que tengo con la paella de mi madre, le hablé de este proyecto, el singuelclub, y ella mostró la misma sorpresa que el día que le presenté a Susana:

-Pero, ¿por qué nadie debería estar orgulloso de no tener pareja?

-No se trata de orgullo mama, pero tampoco de vergüenza o malestar. Es algo más natural que eso.

No. Ella no puede entenderlo. ¿Tan diferentes son nuestras generaciones en cuanto al tema de la pareja o de su ausencia? Dejo ahí la pregunta a la espera de vuestras respuestas.

Josan Hatero

 

Yo no exijo que me hagas feliz, sino que me dejes seguir siéndolo

June 1st, 2008

 

O lo que es lo mismo: no busco una media naranja porque prefiero ser una naranja entera y juntarme con un plátano, una sandía o una piña, y hacer zumo.  No sé por qué las parejas suelen tener la manía de exigirse mutuamente lo que cada uno por separado no es capaz de darse a sí mismo. De esperar que el otro les complemente y les llene aquellas carencias que por pereza o incapacidad no han sabido procurarse por su cuenta. 

De ahí a una relación de dependencia recíproca no dista ni media pisada. Y a ciencia cierta parece el camino más directo hacia la frustración, a juzgar por la innumerable cantidad de rupturas sentimentales. Si una persona pone todas sus expectativas en lo que el otro haga por ella para estar satisfecha con su vida, dependerá totalmente de su predisposición y de su egoísmo. 

O sea: si a la pareja le va bien hacer justamente lo que una desea, le sale de manera espontánea o coincide con lo que él también necesita, todo puede ir sobre ruedas. 

El problema sobreviene cuando, pongamos por caso, ella quiere ir al teatro y su chico, al fútbol con sus amigos. Y entonces ella se cabrea puesto que él no cede y encima se va tan contento de cañas, mientras la pobrecita se queda en casa sin poder recurrir a ninguna amiga pues las fue abandonando para dedicarse en cuerpo y alma a él y a cuidar “la relación”. Como si “la relación” estuviera por encima de su individualidad.

La frustración de sus expectativas es evidente, porque ella siente que ha dado mucho pero él no se lo recompensa. Y en consecuencia piensa que no la valora y no la quiere. La frustración por parte de su compañero también es patente, en tanto que no alcanza al nivel que ella le exige, ni sabe cómo contentarla sin dejar de ser él mismo, ni puede mantener su propio espacio aparte sin que le ponga malas caras… 

El resultado es que el ventilador va esparciendo en ambas direcciones la mierda de las infidelidades, las disputas, los reproches, y, finalmente, el dolor de las separaciones. Y luego la peña se pregunta ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? 

Cuando, al final, todo sería tan sencillo, y de eso los singuels sabemos mucho, como que cada hombre y cada mujer preservara su mundo personal, proporcionándose, a solas o con sus amigos, lo que desea y necesita según su ideal de vida; y compartiera los intereses en común  con la pareja, además de enriquecerla con las experiencias que vive fuera de la relación. Que siempre resulta mucho más ameno e interesante que tirarse en el sofá o en la cama, por mucho que sea juntos, sin tener nada que contarse ni ganas de tocarse.

Elisabeth. G.Iborra

 

Adolescencia

May 28th, 2008

 

Creo haber llegado a un cierto grado de madurez en mi treintena recién estrenada en el que puedo decir, sin temor a autoengañarme, que ya me deshice del síndrome de Peter Pan, ya sabéis, ese que consiste en no querer asumir las responsabilidades que conlleva convertirse en adulto. 

Hace cuando menos una década que adopté muchas responsabilidades de ésas que los padres antes se veían obligados a tomar en cuanto se casaban, jóvenes, casi al cumplir la mayoría de edad. Yo aprendí la lección que me enseñaron mis papás y decidí que primero maduraría yo sola antes de emparejarme por necesidad y de transmitirle todo (mi inmadurez y los errores de los que aún no habría tenido tiempo de aprender) a mis hijos. Y también decidí que si nunca llegaba a ese grado de madurez en el que es posible educar a los hijos  con el suficiente criterio y generosidad, no los tendría, sin sentirme menos mujer por ello.

A pesar de todas esas decisiones,  que me parecen básicas para ser un individuo emocionalmente evolucionado, todavía hay personas que siguen achacándome el dichoso síndrome de Peter Pan, no porque aún viva en casa de mis padres, ni me mantengan ellos, ni me pase el día a la bártola fumando petas, ni porque no haya sabido salir adelante cuando he sufrido problemas laborales… Sino fundamentalmente porque no me he echado novio ni, por supuesto, me ha dado por concebir. 

La verdad es que tras mucho planteármelo, todo lo que me digan me da igual porque mi opción la he elegido premeditada y libremente: soy singuel (que no solterona ni single desesperada) en cuanto que prefiero estar sola que mal acompañada, no me conformo con el primero que pase por delante como animal de compañía, mi tiempo lo quiero compartir con gente que quiera y me parezca interesante y enriquecedora en vez de perderlo con personas prejuiciosas que no toleran que no siga la senda marcada que siguieron ellas. Soy singuel en tanto que me motiva más una cena con mis amigos que con un tipo al que no tenga nada que decirle ni me apetezca escuchar, porque me gustan los momentos y los sentimientos intensos pero sé que estos no se viven siempre con una sola persona ni con esa misma persona durante toda la vida. 

Más allá de la evidencia empírica y de las estadísticas de divorcios, no creo en el amor eterno por pura lógica: Si yo evoluciono por etapas, resulta cuando menos casual que la pareja que he encontrado en un momento determinado se desarrolle en la misma dirección que yo. O que, cuando yo misma no entiendo hacia dónde he de cambiar, esa persona sí que me comprenda y no salga trastocada por mis vaivenes y dudas. 

En coherencia, apuesto por la monogamia sucesiva como opción vital en lugar de forzarme a calzarme en el molde del amor para toda la vida (tan comercial, eso sí), aunque ello me aboque a pasar por crisis y por épocas de poligamía casi preocupante y, seguro, desquiciante. De las cuales a ciencia cierta sacaré mis conclusiones  para ser capaz de volver a enamorarme. Sin cargar con mis traumas y mochilas al siguiente sujeto. 

Dando por sentado que nuestro nivel de inteligencia emocional nos permite volver a relacionarnos con la espontanedidad y la ilusión de un adolescente (aunque menos inocentes),  considero que este club puede servir para que todos esos singuels que andamos por ahí confundidos e irreconocibles a primera vista entre la masa autodenominada “normal” nos encontremos. Para que nos conozcamos, nos regodeemos en el gusto de ser singularmente interesantes y, simplemente, nos divertamos juntos. Ese es el único objetivo, pues el resto llega por añadidura, de una forma natural y cuando menos se espera. 

Ni mucho menos lo vamos a buscar como si fuera una necesidad perentoria, puesto que partimos de la base de que estamos bien solos. Al final, el lema de una relación sana debería ser “yo no exijo que tú me hagas feliz, sólo quiero que me dejes seguir siéndolo”. Si bien, eso ya lo hablaremos en el próximo post.

Elisabeth G. Iborra