
Creo haber llegado a un cierto grado de madurez en mi treintena recién estrenada en el que puedo decir, sin temor a autoengañarme, que ya me deshice del síndrome de Peter Pan, ya sabéis, ese que consiste en no querer asumir las responsabilidades que conlleva convertirse en adulto.
Hace cuando menos una década que adopté muchas responsabilidades de ésas que los padres antes se veían obligados a tomar en cuanto se casaban, jóvenes, casi al cumplir la mayoría de edad. Yo aprendí la lección que me enseñaron mis papás y decidí que primero maduraría yo sola antes de emparejarme por necesidad y de transmitirle todo (mi inmadurez y los errores de los que aún no habría tenido tiempo de aprender) a mis hijos. Y también decidí que si nunca llegaba a ese grado de madurez en el que es posible educar a los hijos con el suficiente criterio y generosidad, no los tendría, sin sentirme menos mujer por ello.
A pesar de todas esas decisiones, que me parecen básicas para ser un individuo emocionalmente evolucionado, todavía hay personas que siguen achacándome el dichoso síndrome de Peter Pan, no porque aún viva en casa de mis padres, ni me mantengan ellos, ni me pase el día a la bártola fumando petas, ni porque no haya sabido salir adelante cuando he sufrido problemas laborales… Sino fundamentalmente porque no me he echado novio ni, por supuesto, me ha dado por concebir.
La verdad es que tras mucho planteármelo, todo lo que me digan me da igual porque mi opción la he elegido premeditada y libremente: soy singuel (que no solterona ni single desesperada) en cuanto que prefiero estar sola que mal acompañada, no me conformo con el primero que pase por delante como animal de compañía, mi tiempo lo quiero compartir con gente que quiera y me parezca interesante y enriquecedora en vez de perderlo con personas prejuiciosas que no toleran que no siga la senda marcada que siguieron ellas. Soy singuel en tanto que me motiva más una cena con mis amigos que con un tipo al que no tenga nada que decirle ni me apetezca escuchar, porque me gustan los momentos y los sentimientos intensos pero sé que estos no se viven siempre con una sola persona ni con esa misma persona durante toda la vida.
Más allá de la evidencia empírica y de las estadísticas de divorcios, no creo en el amor eterno por pura lógica: Si yo evoluciono por etapas, resulta cuando menos casual que la pareja que he encontrado en un momento determinado se desarrolle en la misma dirección que yo. O que, cuando yo misma no entiendo hacia dónde he de cambiar, esa persona sí que me comprenda y no salga trastocada por mis vaivenes y dudas.
En coherencia, apuesto por la monogamia sucesiva como opción vital en lugar de forzarme a calzarme en el molde del amor para toda la vida (tan comercial, eso sí), aunque ello me aboque a pasar por crisis y por épocas de poligamía casi preocupante y, seguro, desquiciante. De las cuales a ciencia cierta sacaré mis conclusiones para ser capaz de volver a enamorarme. Sin cargar con mis traumas y mochilas al siguiente sujeto.
Dando por sentado que nuestro nivel de inteligencia emocional nos permite volver a relacionarnos con la espontanedidad y la ilusión de un adolescente (aunque menos inocentes), considero que este club puede servir para que todos esos singuels que andamos por ahí confundidos e irreconocibles a primera vista entre la masa autodenominada “normal” nos encontremos. Para que nos conozcamos, nos regodeemos en el gusto de ser singularmente interesantes y, simplemente, nos divertamos juntos. Ese es el único objetivo, pues el resto llega por añadidura, de una forma natural y cuando menos se espera.
Ni mucho menos lo vamos a buscar como si fuera una necesidad perentoria, puesto que partimos de la base de que estamos bien solos. Al final, el lema de una relación sana debería ser “yo no exijo que tú me hagas feliz, sólo quiero que me dejes seguir siéndolo”. Si bien, eso ya lo hablaremos en el próximo post.
Elisabeth G. Iborra